no hay vida sin tristeza / ramiro guggiari
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| Imagen: Lautaro Parada |
Spinoza define la tristeza como la transición del hombre de una mayor a una menor perfección, el afecto de disminución de potencia. Y eso está muy bien, pero a veces esa definición lleva a un malentendido. La tristeza es el afecto de “una” disminución de potencia, pero no es necesariamente el afecto de la destrucción total de un cuerpo. Al contrario, es el afecto de unas ciertas destrucciones relativas que operan necesariamente en todo proceso de transformación.
La tristeza es el indicador de que un proceso se lleva adelante. No es un “estado” más que si entendemos un estado metaestable. Quiero decir que tiene una procesualidad, es una tarea, una operación, como la primavera. Es como decir un factor común (que nos permite llamar primavera a todo ese recorrido) en un proceso de variación, de recuperación energética (calórica por variación del ángulo de incidencia de los rayos del sol, en el caso de la primavera), es decir que la tristeza es a la alegría, en un sentido, como la primavera al verano (prima vera, primer verano, tristeza, primera alegría). En otro sentido, se continúa y profundiza hacia más tristeza (el otoño). El azar dirá qué toca cada vez. Pero desde que pierde la fuerza, por más que la batalla se pierda, toda la tristeza es el proceso de construirla. Por ejemplo, en una herida, el cuerpo inicia desde el principio una serie de reacciones y el dolor percibido ya es una de esas reacciones. Pero no se sabe cuán profunda es la herida hasta que el cuchillo no terminó su camino. Puede haber un proceso de tristeza del que no sale, que no cambia, no deviene. Pero si deviene, eventualmente deviene alegría, porque para eso se está triste, para construir esa fuerza. Y la alegría, al contrario, pensada como una emoción de descarga, podría ocupar el lugar entrópico de esta ecuación (tendiente a la disminución de energía potencial, o sea al revés de Spinoza: por eso el asunto es complicado).
Por otro lado, no hay alegría activa sin agresión. No hay cuerpo que crezca alegremente sin romper tejidos. No hay alegría activa sin destrucción activa, o sea ese tipo de destrucción que forma parte de un proceso general de reconstrucción, como es con los tejidos biológicos. La tristeza es el signo de que el cuerpo se está reconstruyendo, de que necesariamente estamos dejando algo atrás. La tristeza es el signo de que algo nos ha golpeado, afectado, perturbado, roto el equilibrio anterior identificable a través del cual nuestro cuerpo conocía su potencia. Eso que nos afectó nos puso en una senda desconocida de transformación, aunque sea la última, aunque sea una triste, porque perdemos cosas, porque se destruyen ideas, o tejidos, biológicos o sociales. La tristeza tiene mala prensa pero es de hecho una potencia, incluso si es reactiva y no siempre lo es. ¿No es aquello que la filosofía buscaba provocar, en la frase de Deleuze, tristeza de los pensamientos viles, tristeza de lo estúpido? Pensamientos viles que son todos en la medida en que son pensamientos de lo pensado, de lo pasado, ese que no merecería casi la palabra pensamiento, aunque hoy se la permitiremos, porque, ¿quién no ha tenido pensamientos tristes este año? ¿Quién no se admitiría poblado de pensamientos tristes a esta altura del partido, del gran partido de la vida?
El pensamiento más creador, de hecho, lleva consigo ese tipo de tristeza típico de la alegría transformadora. Un pensamiento que no entristece nada, ni a nadie, que no destruye nada, que no empuja nada al nacer, ¿para qué nace?, ¿qué estrella quiere venir sino a gastar su hidrógeno? ¿Qué lucha no está empujada de tristeza? ¿De dónde saldría la templanza de la contemplación si no fuera por la tristeza? No sabríamos nada del valor estético de la lluvia, de la música o de la mirada taciturna que tanto goce nos ha brindado, ni de poemas de amor o deseos de venganza, ni de historias para compartir o abrazos que llorar en momentos de congoja. No sabríamos del consuelo ni de la fuerza construida en la fatalidad, ni de la alegría que sigue a la tristeza, o el amor después del amor. Si la vida en la Tierra no hubiera estado triste no habría mutado, y si el vegetal o animal devorado no fuera destruido no serviría de alimento. Sin tristeza no hay planes de revolución, sin tristeza no hay inteligencia, sin dudas no habría filosofía ni arte. Sin tristeza no habría movimiento, aunque esta frase podría decirse al revés (pero no hoy).
La tristeza, de hecho, es un sentimiento específicamente queer, como dice Sara Ahmed. “Temo que tengas una vida triste” le dicen los padres a los hijos putos. Y es verdad, la vida de puto es, en general, más triste que la de un heterosexual promedio hombre blanco de clase media alta. No sólo es improductiva del género, también altera nuestra fuerza de trabajo, nuestro uso del tiempo, ¿quién quiere ir a trabajar estando triste? ¿Y el humor? La comicidad es impensable sin tristeza, basta ver la vida de los grandes comediantes. ¿Y de qué viviría Lana del Rey? De más está decirlo pero lo decimos: sin tristeza no habría filosofía. El pensamiento filosófico, como arte del pensamiento intuitivo, existe porque la relación del hombre con el mundo está quebrada, no está completa, como tampoco la del mundo con el mundo o del hombre con el hombre.
En su proceso incesante, la naturaleza pasó por períodos de destrucción masiva, reconstrucción genética, alianzas secretas, rebeliones furiosas. Matanzas y crueldades inenarrables que no queremos repetir fueron necesarias para la instauración de lo que hoy llamamos cultura. Vidas tristes construyeron la historia. Debajo de cada pétalo de sentido acumulado se esconden capas de carne viva y sangre bajo el sol ardiente o la tormenta impiadosa. Madres han llorado a sus hijos, navíos se han perdido, traiciones ocultado, amantes separados en el peor momento por el desgraciado destino, y todo eso empuja como fuerza oscura y subterránea, gigantesca marea heterogénea de dolores y pesares, el devenir de la cultura humana con todos sus colores, tal como la gozamos también, y así se mueve la vida, y así se mueven los astros.
¿Pensamientos tristes? ¡Pero claro! El pensamiento tiene algo triste, incluso el pensamiento alegre. El pensamiento es a destiempo, se posa sobre un futuro o un pasado y si es en presente siempre es respecto a otro presente, en una forma de salto o desvarío cuántico. El Universo también tiene algo triste, por lo menos algo llamado humanidad. Triste es el pensamiento que se expone a su autodestrucción, que se afirma dudando o retrocediendo, a veces silenciosamente, desplazándose de imagen en imagen, a través de rostros y paisajes. El pensamiento es triste y alegre a la vez: es alegre aun cuando sea triste porque es movimiento y diferencia; es lo que hacemos con lo que nos entristece, con esa afección que nos atraviesa y descompone algunas de nuestras relaciones. Puede ser un dolor psíquico o físico, puede ser una preocupación mental, angustia o dolor causado por el dolor de otros: cuerpos o ideas. Pero si hay pensamiento, hay expresión, devenir, y si es triste es porque así lo dictado el inocente azar: un encuentro también nos mata, aunque nos haga más fuertes. Vivir nos va matando de a poco desde el primer minuto: por eso es un proceso triste incluso cuando es alegre en sus contagios y expansiones.



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